Con todo el amor que he descubierto, tengo que reconocer esto sin dolor, sin aprensión, con el mayor amor posible y con compasión, pues es el origen del dolor. Después de mucho sufrirlo le he puesto nombre. Sé que siempre ha estado ahí, pero nunca me he atrevido a reconocer hasta hoy que es mi mayor aflicción. En mayor o menor medida todos lo somos; lo único que cambia es el foco y la reacción, relación y aceptación que se tiene sobre cada una de ellas.
Si eres adicto a la familia, nadie te llamará así. Si lo eres al trabajo, algunos te dirán exitoso, otros un ogro. Si tomas a diario, puedes ser para muchos un tipo agradable y buen muchacho. Si eres un hombre o una mujer entregada a tu pareja, eres un buen marido o una buena mujer; alguien podría decir codependiente.
Pero es muy duro reconocerse como enfermo. Yo, al menos, lo he estado siempre. En este tiempo que creía haber estado sobrio, después de haber estado encadenado en mi niñez a los videojuegos, en mi adolescencia a las drogas, luego en rehabilitación —donde mi adicción fue el grupo de Narcóticos Anónimos—, después entré a la meditación, luego al trabajo, luego al deporte extremo, luego a los viajes.
La frontera es delicada. Nunca mi relación con alguna de mis aficiones, gustos o afecciones es sana. Reconozco que hay algo mal porque mi emoción me lo dice una y mil veces más. No me siento bien muchas veces, no me siento completo, no me siento contento, y deseo en todo momento que algo, que alguien, que alguna sustancia o actividad me logre sacar del tedio mortal, de esta prisión que yo mismo creo y a la que temo acercarme incluso con mis escritos. Reconocer que esto también es una adicción: el sobreanalizar la vida, reproducirla, escribirla, darle o buscarle más sentido, no dejarla en el sencillo experimento que es, sino buscarle más.
Buscar, buscar: esa es la verdadera adicción. Buscar y encontrar, y al obtener algo de satisfacción y entrar a la normalidad, buscar algo más. Esta terrible enfermedad, debilidad o actividad de ir por más, de pensar que en la siguiente actividad, trabajo, sustancia o relación encontraré algo mejor que en lo que ahora estoy.
Y sí, es verdad: siempre se encuentra algo más.
El eclecticismo es mi forma de actuar. Eso es lo que ha hecho que tenga tantas vidas en este mismo cuerpo. Es lo que me ha llevado a ser este camaleón travieso que se la pasaba en las calles, luego en las maquinitas, luego en las drogas, luego en las juntas, luego viajando, luego en el trabajo, viajando aún más, después nadando, corriendo, pedaleando, bailando. Junto todo al mismo tiempo hasta quedar perdido dando vueltas por el mundo como si fuera un solo país en el que cada ciudad está a solo un avión de distancia.
La adicción al movimiento no tiene nada de malo, al parecer. Salvo que cualquier ascenso está seguido de un descenso.
Ahora encuentro al amor de mi vida en cada esquina, como lo hacía a mis diecisiete años. Nada es nuevo, pero parece serlo, y por ello caigo en el juego, porque la seducción de lo nuevo es poderosa. Ahora mismo estoy escribiendo en un nuevo teclado que me regresa a mi pasado, al primero al que fui adicto: el de la Commodore 64, el primer instrumento con el que dialogué, trabajé, incluso me masturbé con un juego pornográfico.
El eterno regreso a la búsqueda de satisfacción.
Maldita sea, Ulises tenía razón: Ítaca está siempre en la distancia. El oasis siempre es esa charca que se ve en la carretera. Siempre está en la siguiente parada. Pero eso es lo que necesitamos, pues si me quedo sin ella la vida pierde sentido.
Frankl tiene razón: necesitamos esa ilusión.
No es menor el problema. La adicción es una forma de supervivencia. Lo que queremos siempre es modificar nuestro sistema, nuestra emoción. Incluso con la meditación, cuando detenemos el pensamiento tanto que parece que no estamos en él, en realidad nos estamos yendo, porque solo en ese estado tiene sentido ese estado de gracia. Los pensamientos se aquietan y, como todo ejercicio, va contaminando todo.
Sé que ahí está la solución. Pero siempre que intento me doy cuenta de que no soy oriental. Necesito del juego, de meterme en este territorio de pensamiento abstracto y jugar con él. En el poema zen, en el haiku, todo es síntesis y conclusión; y a mí me gusta el desarrollo, explotar de forma torrencial en palabras como una lluvia que cae con mis teclas. Así se van acoplando en mi cabeza los pensamientos, las ideas, las certezas.
La adicción no es el problema, sino lo que viene después: el bajón, el mono, la resaca. Eso es lo que hace que el ciclo se perpetúe. Con las drogas la subida es muy alta y la caída demasiado baja, pero cuando te acostumbras a volar tan alto ya se te hace normal que tu emoción te corte la respiración, lo mismo que luego el dolor de la abstinencia.
No me canso, no nos cansamos de la rueda. Juego con ella intentando comprenderla y seguir en el juego, evadiendo el misterioso pensamiento recurrente que llega a mi mente sobre el fin que a todos nos llega.
Me aterra pensar que el final está cerca, pero a veces quiero detenerlo, y lo hago. Para ello está el arte. Me sumerjo en él como en mi adicción más sana, más humana, porque es lo que más se parece a lo que siento. Un fluir ilimitado de conciencia, ensayado o improvisado, que remite a un infinito, a un espacio eterno en el que no se está ni vivo ni muerto, ni presente ni ausente, donde no hay pasado ni tiempo.
En ese mismo nirvana donde solo se desea continuar un segundo más.
Sé, en el fondo de mí, que lo único que deseamos es liberarnos de nosotros mismos, del tormento y del paraíso, darnos sustento, entregarnos a la deidad que creamos, con la que me uno en este diálogo y en el que te incluyo para hacerlo mío y tuyo.
Ahí se cumple el ciclo: dejamos de ser dos o tres. Estamos juntos, en lo más lúcido y en lo más oscuro.
Ese es el fondo y el principio de toda la adicción.
Y decido conscientemente entregarme a este, porque es el único que permanece, el que está dentro de mí siempre, el que me ha acompañado desde que tengo siete años. A él es al único al que le he sido fiel… o quizá ni eso: él es el que ha sido fiel a mí. Siempre que lo he buscado ha estado ahí, aunque yo haya renegado de su existencia una, otra y mil veces.
Está ahí, siempre, aquí también dentro de mí. Entra y sale de mi ser en un vaivén. Me trepo a su columpio que pende de un hilo desde el infinito. Me subo a la montaña, veo los valles debajo de mí hasta llegar al mar y me regreso. En un parpadeo estoy en la ciudad, feliz en su ajetreo lleno de desconocidos.
A veces lo amo, luego lo detesto, y vuelvo a irme después hacia el límite del horizonte.
Creo a veces que dejo el juego, pero no. Nunca es así. Siempre viene el regreso, la dualidad, el péndulo. Ese es el verdadero problema, el gran reto a trascender.
Ahí es donde cielo, paraíso, Tao y nirvana se unen. Yo cruzo la puerta, saludo a san Pedro en la ida y luego a Lucifer en el regreso. Los dos me sonríen, siempre dispuestos a recibirme en su lecho.
A veces me mezo con fuerza, otras apenas me muevo, pero lo único constante es el movimiento.
En el centro de los átomos hay energía. No hay nada sólido. Nada está en reposo: ni mi mente, ni nada, ni nosotros
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