Del peyote en Wirikuta a las cloacas del crack: la paz de la morfina y el silencio del zen
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por | 01/03/2026 - 3:03 AM | Sin categoría

meLa norma dice que continúe mi historia, que atraviese las sendas recorridas, que me concentre en el arquetipo del drogadicto, del salvaje, del rebelde. Pero había mucho más que eso. El canon desea que acentúes un rasgo para que sirva de algo, para que tenga moraleja, para que podamos aprender algo. Pero la experiencia, la existencia, está llena de subtramas, de subcapas, de subrasgos.

Es también la historia de un ser dolido, de un pez fuera del agua, de alguien que siente demasiado y no siente nada; de estar al borde del suicidio y, en vez de tomar la decisión de aventarse de un puente como lo hizo mi hermano, o ponerse una pistola en la cabeza como lo hizo un conocido, o quitarse el respirador en el hospital —como dicen que hizo Juan para morir—, por desesperación, porque el dolor de lo que vives, haces y sientes es tan grande que no lo soportas y necesitas un sedante.

Esa es también la verdadera condición de la adicción, o en mi caso lo fue. Me aventé con las alas abiertas a esta pira ardiendo porque no podía seguir existiendo de otra manera. Lo mismo sin mi cuaderno: necesitaba y necesito ordenar de forma constante el torrente que me cruza, la tormenta que me inunda, el ruido estruendoso para no gritar en la calle o que se me desborde el rostro en lágrimas.

Ayer escuché a una rapera poeta que decía que vivir como poeta era imposible, que la gente te destroza, que eres demasiado débil para andar, como ese delicado gusano que no tiene absolutamente nada para defenderse y que, cuando se vuelve mariposa, lo único que puede hacer para salvar la existencia es volar, y hacerlo lejos, cruzar continentes enteros. Pero para poder hacerlo necesita una manada, solo así, unido a alguien más y viajando.

Pero tampoco ese es el modelo, pues la realidad de la modernidad es que la soledad se va haciendo cada vez más grande. Así también se perpetra la omnipresencia de las pantallas que al principio solo reproducían, luego se interconectaron, hablan entre ellas y ahora simulan que sienten y piensan. Así los humanos, entre ellos, más solos nos quedamos.

Lo mismo hace el drogadicto: se conecta a un imaginario, a uno interno. Encuentra la misma calma del zen. Pues justo eso fue lo que sentí la primera vez que compré una botella de morfina para mí y me inyecté: una paz inmensa, genuina, total, exquisita. Nada más necesitaba, nada más dolía. La pared era perfecta; cada una de las grietas que había en ella era una obra de arte en la que podía quedarme el resto de mi existencia.

Lo mismo sentí la primera vez que medité durante una semana seguida. La cima fue al cuarto día. En un instante de inspiración pura logré alcanzar esa cúspide de forma casi idéntica. No necesitaba nada más que sostener ese instante. Aquello que buscaba tan frenéticamente viajando lo encontré sentado frente a una pared, observando.

Para llegar ahí tuve que meditar durante cuatro días seguidos, sin hablar con nadie, sin hacer nada más que meditar. Alcancé un estado de felicidad similar, casi idéntico al de la heroína. Me dormí volando entre la noche infinita que lograba imaginar a través del techo del templo en el que me encontraba encerrado.

Pero a la mañana llegó el hartazgo. ¿Qué estoy haciendo aquí? Esto ya es demasiado. ¿Dónde está la maravilla del día pasado?, me pregunté. Y la respuesta fue: concéntrate, regresa, vuelve a buscarla, ve por más.

Lo mismo sucedió con la morfina, pero de una forma violenta. Me seguí inyectando: 20, 40, 60 mililitros. No se sabía cuál era el límite de la sobredosis. A la noche se me había terminado la botella, entonces salí con mi receta a comprar otra. Me dijeron que esa medicina era controlada y que no la vendían de noche, que esperara hasta mañana.

Yo no escuché. Fui de farmacia en farmacia la noche entera esperando que alguien me la vendiera. Me metí a los barrios bajos que acostumbraba y vi cómo, junto a mí, golpeaban la cabeza de un hombre con una pistola. Cuando lo ves en realidad te das cuenta de que nada tiene que ver con las películas. El hombre quedó aturdido, hizo un grito sordo y el otro truhan lo metió en el coche.

Nunca supe si fue aleatorio, si unos escasos segundos hicieron que lo escogieran a él o no a mí, o si él parecía tener dinero y yo era un yonqui igual que ellos. Tal vez ellos estaban, al igual que yo, buscando cómo sobrevivir esa noche.

Sabemos poco de nosotros y de los demás nada. El dolor y la muerte es lo único que nos iguala.

Los cantos de la muerte, esas historias que se viven día a día en las cloacas del crack, en los subterráneos inmensos de la marihuana, esos laberintos que no conducen a nada son interminables, lo mismo que el fondo de la botella que el alcohólico, como un espejo, atraviesa.

Ahí estuve suspendido desde los diecinueve a los veinticinco.

Hay una infinidad de historias: como el viaje que hice después del desierto a Huautla en busca de purificación, en el que conocí a un verdadero chamán, a un hombre que acababa de salir de la cárcel porque diez años antes había empezado ese viaje con un kilo de marihuana; o cuando seguí de aventón con Samir y llegamos sin dinero a una playa nudista; la primera vez que logramos vivir dos semanas solo comprando y vendiendo sustancias; cuando conocí a la mujercita, justo meses antes de que volara en automóvil.

Ese periodo en el que me convertí en judoka como cuando era niño y me hice novio de una punk de dieciséis años que pintaba las paredes, robaba en los supermercados y hacía el amor como una diosa en cuyas tetas dormía como el niño tranquilo que nunca fui.

Ese mismo año fui al desierto en Día de Muertos con mis amigos y ahí de verdad perdí el sentido de la realidad. Me metí tan dentro que escuchaba voces, porque toqué otro punto alto del firmamento estelar, aquel del que parecía no haber regreso.

Al igual que Mitzel me quedé sin habla, con una mueca similar. Al igual que ella luché para salir con cuanto tenía dentro de mí. Recuerdo el infierno de escuchar días enteros cómo el mundo detestaba mi presencia, cómo me criticaban cuantas personas veía, por lo que había hecho, por quién era, por la mera razón de estar existiendo.

No merecía estar en este mundo. No quería estarlo y buscaba de alguna forma que la muerte me encontrara. Retaba al destino, a todos los designios. Ese año había amanecido el primer día de enero en el suelo después de haber chocado un auto por venir en ácido lisérgico y haber caído por el knockout perfecto del dueño del auto que había chocado y que estaba estacionado.

Cuántas historias pueden vestirse de tragedias o de aventuras épicas según se vea.

Mi mayor héroe había muerto por rebelde. Mi novia había quedado loca y no hablaba. Había destrozado un coche. Me inyectaba morfina. Hacía judo. Andaba con dos mujeres, una niña buena y una punk rebelde. Me metía cuantas sustancias llegaban a mis manos.

Ese mismo año escribí mi primer libro, que todavía conservo y quiero a veces como lo mejor que he hecho: “La epopeya del héroe sin razón”, una profecía simbólica autocumplida en la que, sin saberlo, recorro el viaje del héroe, pero al final no acaba descubriendo algo nuevo con lo mejor de dos mundos, sino que llega a ver lo que creó y está todo muerto. Entonces se pierde en el mar, se queda navegando con su árbol perdido.

Así quedé yo de esa conmoción.

Ese año sucedió todo esto entre que me fui al desierto y volé en auto. Cada uno pareciera un episodio en el que puedo encontrar algo en esta reconstrucción del pasado en la que me embargo, por deseo, por entretenimiento, por salud mental, para recordarme lo que he hecho, para darme cuenta de que he sido valiente y he retado a cuantas fuerzas se me han presentado para lograr aquello que he deseado.

Continúo mi batalla con la misma fuerza del irrazonado, con la misma inconsciencia de aquel que tenía diecinueve años y aún más con la entereza de haberlo dejado todo solo por seguir escribiendo. Solo por eso.

Eso es lo primero que quise hacer al dejar la droga. Lo mismo que quise hacer cuando se me ha destruido el mundo o lo he explotado yo, consciente o inconscientemente: dejar un testimonio, darle a mi existencia un sentido, sentir que ha valido la pena, que vale la pena.

Aún estoy en el mar, navegando, yendo de isla en isla como Ulises. Me creo la mentira de Ítaca, la busco con mis palabras. Lucho con mis demonios externos e internos, como todos lo estamos haciendo.

Encarno mis arquetipos de arcilla y los hago trizas con dinamita para que tú puedas inhalarlos como cocaína.


Títulos sugeridos (basados en frases del texto)

1.

“Me creo la mentira de Ítaca y la busco con mis palabras”

2.

“La epopeya del héroe sin razón”

3.

“La paz de la morfina y el silencio del zen”

4.

“Entre el chamán y la jeringa”

5.

“El poeta que sobrevivió al fuego”

6.

“Navegando sin Ítaca”

7.

“Arquetipos de arcilla y dinamita”

8.

“Del desierto a las cloacas del crack”


Si quieres, también puedo darte 3 títulos muy potentes para libro o capítulo de Ultravelman, porque este texto tiene una fuerza narrativa muy grande (mezcla adicción, viaje del héroe y creación literaria).

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