El día que la perdí y regresé a casa muerto – Adicción
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por | 27/02/2026 - 2:12 AM | Sin categoría

Tendemos a desear siempre estar mejor; creemos que siempre hay más, no sabemos conformarnos con lo que hay. Los años van haciendo su labor: la suma de los dolores nos enseña a vislumbrar cuándo estamos en el cielo. Pero cuando somos jóvenes no lo sabemos.

A mis diecinueve años estaba en la cima del primer amor. Tenía junto a mí, conmigo y amándome, a una de las mujeres más hermosas que he tenido. Nuestro cariño era tierno, lindo, libre, pero delicado. No lo entendimos. Uno de mis errores —o rasgos continuos— es llevar siempre las situaciones al límite, a lo más alto.

En aquel tiempo había retado al destino de formas innumerables: viajaba sin dinero, de hitchhiking, fumando marihuana día, tarde y noche, además de lo que se me presentaba, y siempre andaba buscando algo más. Utilizaba los LSD como moneda de cambio. Hablaba con cualquier tipo de personas: trileros, comerciantes, padres de familia. Pero el mundo de la adicción te va metiendo también a conocer a yonquis que harían cualquier cosa por droga, a ladrones que están tan maleados que consideran que robar es un trabajo, a otros que venden veneno y utilizan a cualquiera como su camello, a policías corruptos que ven cualquier oportunidad de aprovecharse de su poder para conseguir lo que sea.

Pero también a mucha gente como uno mismo que está perdida. Y también a mucha gente buena, pues cuando hablas con muchas personas te das cuenta de que la naturaleza del humano es buena. De igual forma te das cuenta de que tú también puedes ayudar a quien sea. La carretera te pone en un modo de disponibilidad hacia los desconocidos: siempre ayudas a quien esté en el camino; esa es la máxima de la carretera. No dejas a nadie, y extrañamente nadie te deja.

Mi inocencia me hacía —y me hace— olvidar que existe la maldad. Me alejo tanto de ella que creo que no existe, pero de repente caes en sus garras. En aquel momento mi exposición era tremenda: éramos como una pareja de hermosos jóvenes aventándonos a la libertad extrema.

La mirada de Mitzel, desde que probamos la planta, era taciturna. Parecía estar conmigo, pero de repente dejaba de hacerlo: me volvía transparente o miraba hacia otro lado y, por lapsos, entraba en un glitch de terror, como en una conmoción. Yo nunca había visto eso. No sabía qué hacer y confié en que estaba en la puerta del desierto, del viaje, en el momento en el que debes entregarte por completo: dejar tu mente, tu cuidado, tu razonamiento, y permitir que todo se vuelva plástico.

Hace apenas unos meses yo estaba en ese mismo suelo, revolcándome de lado a lado. Casi puedo pensar que babeando, sin tener idea de cómo me llamaba; de verdad no sabía ni cómo me llamaba ni dónde estaba. A eso le decían el regaño, la puerta de entrada: si vomitabas expulsabas de ti al ser que te provocaba ese dolor, que eras tú en cuestión. El que eras no te dejaba ser el que debías. Esas son las máximas divinas que aparecen con la sustancia.

Ahí estás, en la puerta: acelerado, inconsciente, sin poder pensar. Pero en aquel momento yo no me sentía así. Mi estupidez adolescente me decía que tenía todo controlado. Me creía ya muy conocedor y pensaba que podría controlar el viaje de mi amada.

—Sólo debes dejarte ir, confiar en la nada. No te resistas, deja que tu mente se vaya.

Ella escuchaba mis palabras —creo— desde la conciencia o desde otra puerta, y la aterraban. No queremos dejar de ser: somos lo único que tenemos. Nuestra personalidad es lo único que conocemos. No entendemos que la existencia es plástica, que podemos hacer cuanto queramos —y aún más en aquellos primeros años—, pero tampoco entendemos que somos completamente ignorantes, que no hemos vivido nada.

Ella sólo me miraba y no podía articular ninguna palabra.

Mi espanto hacía que no dejara de hablarle, de decirle lo que creía que debía hacer, lo que yo hubiera hecho en su momento. Le decía que pronto desaparecería, que caminaríamos. Pero ella ya no quería avanzar. Ahora entiendo que estaba en el círculo obsesivo, donde un pensamiento no deja el cerebro. Yo sentía que debía decírmelo para poder avanzar, como una vez que escuché: «los odio, los amo». Y como un mantra no podía dejar de repetirlo. Sentía al mismo tiempo ambas cosas: pasaba de una a otra. Era ir hacia arriba y hacia abajo, una montaña rusa que descendía al infierno y luego me hacía levantar las manos en el paraíso.

Lo mismo creo que sucedía en ella, porque a veces sonreía con su cara de ángel, pero al tiempo volvía a esa mueca casi cubista, desfigurada, que no me atrevía a reconocer que me espantaba.

—Mitzel, por favor habla. Dime qué sientes. Intenta expresarlo en palabras.

Ella sólo me miraba.

—Puedes confiar en mí.

Pero no lograba decir nada. No había visto nunca a nadie así. O tal vez sí, pero nunca a nadie que me importara mucho, que viniera conmigo, por quien me sintiera responsable. Había visto a un amigo perder la razón, pero sabía que iba a volver; él confiaba en que lo iba a hacer y reía. Pero ella no hablaba: estaba en shock.

Cada hora se me hacía más larga, pues yo estaba obsesionado con salvarla. Creía que la solución estaba en mis palabras, en lograr que hablara, pero no lo hacía. No articulaba nada.

De repente pensé que lo que necesitaba era estar sola. Ella no me decía que sí ni que no. Yo, idiota, no sabía qué hacer. No tenía la paciencia necesaria. Caminamos de regreso al pueblo y, cerca de la entrada, le dije que intentara resolver su problema. Yo pensaba que ella sola podía con el demonio que traía dentro, que debía luchar como yo lo hice en su momento, cuando estaba tirado en el suelo hace un año y me rendí, pues después de eso entré de lleno a un viaje celestial.

Ella me veía: no decía que no, no decía que sí. Entonces la dejé junto al pueblo y yo regresé a él a esperarla.

Entré al pueblo preocupado, pero confiando en que pronto encontraría otra vez su ser, que era algo momentáneo, que bajaría algo divino, que entendería algo que no había entendido, que vomitaría y entraría en el viaje dentro del cual yo ya me sentía: esa sensación de libertad infinita, de inconsciencia de que da igual lo que sea; que somos seres transitorios y lo único que tenemos que hacer es disfrutarlo todo; que la razón es un juego; que no hay ni bien ni mal; que lo único que tenemos es la existencia.

Que el mejor lugar en el que podíamos estar era en la naturaleza; que nuestras creencias nos limitaban y podían ser derribadas; que nada de lo que compramos puede salvarnos.

Ahí aprendí a vivir de forma autónoma por completo: a cargar mi mochila, a entrar y salir de la inconsciencia, a alucinar también y entender que sólo es otro tipo de creencia, de conciencia. Justo esa era la esencia del peyote, de esta vida alternativa que estaba conociendo. Ese era el centro del viaje: la verdad más grande, lo que me hacía —y me hace— volver una y otra vez a él: la conciencia de ser y dejar de ser, entrar y salir cada vez nuevo.

Entré al único restaurante del pueblo. El posadero, don Carlos, era también dueño del hotel y de otra tienda; en fin, era el dueño del pueblo. Al verme llegar sólo me dijo:

—¿Y tu mujer?

Le dije, con mi estupidez de adolescente, que estaba resolviendo un problema.

—¿La dejaste? —respondió.

Le contesté que tenía que resolver un problema. Me miró con la cara de alguien que sabe mucho más, con la verdadera expresión del que sabe.

—Pero ¿dónde está?

—Aquí, a la entrada del pueblo.

Empecé a sentir que había hecho mal en dejarla así, como si nunca me hubiera entrado en la cabeza que no debía dejarla sola, que no sabría cómo regresar. Yo estaba completamente idiota, espantado, confiando en mi ignorancia sobre cómo eran las cosas.

—Mira, ahí está. Acaba de pasar —me dijo.

Salí a la calle y ahí estaba, en una inconsciencia total.

—Mitzel.

Ella me veía, pero tampoco sabía qué hacer conmigo. Yo sólo le pedía que hablara y ella no podía hacerlo. Pedí una habitación. Pensé que en el cuarto podríamos estar mejor, descansar al menos, pues había sido una locura llegar hasta ahí y habíamos entrado de lleno al desierto.

Don Carlos me veía con una mirada lejana, como si supiera lo que pasaba pero no se atreviera a decírmelo.

—¿Y tú cómo estás?

—Yo muy bien, ya viajando, ya crucé la entrada.

Él no contestaba nada; sólo me miraba atónito, como esperando que me diera cuenta de lo aterrado que estaba y del problema en que también yo me encontraba, pues empezaba a desesperarme. Ella se iba y yo le gritaba que regresara.

Entramos a la habitación. Era de un azul eléctrico, toda corroída por la humedad. El segundo piso era más lindo, pues estaba sin pintar. Estábamos cerca del baño y la gente pasaba; se escuchaban todos los sonidos de la calle, o yo alucinaba voces y sentía que entraban por la ventana.

Entramos a la habitación y le decía:

—Por favor, habla.

Ella no articulaba ninguna palabra. Parecía que se le había olvidado todo. Yo no sabía qué hacer. Algo en mí se sentía responsable; algo en mí se sentía por arriba de la situación; algo en mí sentía dolor; algo en mí tenía terror. Yo tampoco sabía qué hacer y ella me miraba cada vez más aterrada. Yo no entendía nada.

—Pongo mi corazón aquí en mi mano. Pon el tuyo y vamos a sanarnos.

Dime qué sientes, ¿estás triste?, ¿qué ves?, ¿qué oyes?, ¿me ves?, ¿me sientes?, ¿cómo estás?, ¿qué te ha pasado?

Deberías intentar hablar, lo que sea. Dime una palabra, la que sea. Dime que estás bien…

¿Qué te pasa?, ¿estás cansada?, ¿quieres tomar agua?, ¿quieres un toque?, ¿quieres salir?, ¿quieres que nos quedemos aquí?, ¿estás cansada…?

Salimos a la calle. Me acerqué a los demás a ver si alguien sabía qué hacer. Había un ser del que había oído algo, al que le apodaban «el Taxi», porque la gente caminaba con él y te llevaba a cualquier lado, pero caminando. Era un ser del desierto, de esos que llevaban mucho tiempo ahí, que yo supondría sabía qué hacer. Le pregunté si podía ayudarnos.

Él me vio y me dijo:

—¿Y tú cómo estás?

Creo que también me veía ya desquiciado, porque no sabía qué hacer. Le preguntó algo a ella, pero tampoco contestó. De repente me dijo:

—¿Por qué te acercaste a mí?

Le dije que escuché su nombre y que un amigo me había hablado de él.

Ese amigo —en aquel momento no lo pensé, pues no pensaba nada— era Aramis, un joven de dieciséis años que había perdido la cabeza en el desierto, que se había fugado y había perdido el sentido, y el Taxi había sido su amigo.

Regresamos al cuarto y otra vez no sabía qué hacer. Nos acostamos en la cama, apagué la luz y pensé en descansar. Al poco tiempo caí rendido.

Horas más tarde desperté y me di cuenta de que ella no estaba en la cama. Escuché más voces y salí a buscarla. Estaba en la azotea con la banda donde estaba el Taxi. Yo la tomé del brazo y le dije:

—Vamos a la cama.

Ella me veía sin poder hablar. Regresamos al cuarto y vino el Taxi tras de nosotros, diciéndonos que ella había tomado una decisión y que ya no quería estar conmigo, que qué iba a hacer.

Yo no entendía nada de lo que sucedía. Intentaba sacar a ese ser de la habitación, que empezaba a tornarse insistente. Sentí que me quería bajar a mi mujer, aprovechándose de que ella estaba inconsciente. Ella no sabía qué hacer, no podía decir nada. Al final no sé cómo logré sacarlo de la habitación y me volví a acostar con ella, intentando casi amarrarla a mí para que no se volviera a ir.

Dormí otra vez. No sé si ella lo hizo. Yo ya estaba desesperado y pensé que la única solución era irme de ahí. El tren pasaba a las nueve. Entonces, como lo había hecho anteriormente, comencé a vender cuanto tenía para sacar dinero para el regreso. Abrí mi mochila como si estuviera en un tianguis y me compraron una y otra cosa.

En lo que hacía los negocios ella empezaba a caminar lejos de mí. Yo iba por ella y la regresaba a mi lado, ya desesperado, gritándole:

—Espérate, ya nos vamos.

La desesperación ascendía. Ya no tenía tiempo. Por un lado tenía que hacer dinero y por el otro cuidarla. Logré vender gran parte de mi marihuana y el que me la compró me dijo que la quería toda. Entonces, como una maldición, me dijo:

—Te vas a arrepentir.

El tren sonaba. Regresé corriendo por la mochila y por Mitzel, pero no estaba. Corrí hacia un lado y hacia otro y no la veía. Era nuestra única opción de salida. Ella ya se había ido.

No sabía dónde estaba: si del otro lado del tren o de este. No podía cruzar. El tren gigante partía el pueblo en dos. Yo estaba de un lado y suponía que ella estaba del otro. Pero si se iba el tren era demasiado tarde: teníamos que quedarnos un día más.

Corrí hasta el final del tren buscándola, luego al principio. Pensé que se había subido. Ya estábamos cerca de la salida, tan cerca. Como en un shock iba de un lado a otro sin encontrarla. Quería pasar por debajo del tren, pero no podía. Quería revisar cada vagón, pero no podía subir.

Gritaba su nombre una y otra vez. La gente me miraba como el loco que era.

Hasta que, de repente, el tren avanzó lentamente. Habían pasado cinco o diez minutos. El tren partió. Yo esperaba verla del otro lado, pero no estaba.

Caminé una cuadra, luego otra. Empecé a correr con la pesada mochila mal hecha a cuestas buscándola y gritando. Le pregunté a la gente si la había visto. Uno me dijo que seguramente se había ido con el Taxi. Luego le pregunté a otro y me dijo que la vio pasar. Me dijeron que fuera a casa de alguien, que seguro ahí estaba.

Daba vueltas y todos me apuntaban en diferente dirección. Uno de ellos me dijo que había pasado por su casa y se había llevado algo. Yo le dije que si sabía dónde encontrar a ese cabrón que iba a matarlo.

Él me miró a los ojos, como alguien con mucha más maldad que yo, y me dijo que no anduviera diciendo eso, que ese pueblo era pequeño.

Di más vueltas. El desierto tiene mil caminos. Yo no conocía ninguno de los que había del otro lado: los que iban al Quemado, al pueblo de Real de Catorce, que estaba en la cima de la montaña, a uno o dos días de distancia para quien sabía la ruta.

Fui con don Carlos, pero no estaba él sino su hijo. Me dijo:

—Uy, pinche Taxi se la llevó. Yo voy para Catorce. Si quieres te puedo llevar en la camioneta a ver si la vemos. ¿Cuánto dinero traes?

Le di todo mi dinero. Subimos en la camioneta. Yo me subí detrás para buscarla. Había mil caminos. En cuanto empezamos a avanzar vi que podían haber ido a la derecha o a la izquierda, hacia un cerro o a otro, hacia Wadley o Las Ánimas.

Yo avanzaba en la camioneta sintiendo que se me destruía la conciencia. La había perdido. Estaba conmocionado. No entendía cómo se había ido. No sabía nada de lo que estaba pasando. No conocía el lugar. Estaba alucinando. No veía a nada ni a nadie.

La camioneta avanzaba hacia otro destino del que tal vez ella iba. Conforme no la veía me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, que ella había tomado otro camino. Pero yo ya le había pagado para que me llevara.

Siempre pensé después que quería perderme, que como si todo estuviera programado cada uno iba haciendo que me alejara más de ella: primero el que me compró y me soltó la maldición; luego me compró justo cuando pasó el tren; ahí se fueron para el otro lado. Después esta camioneta, en la que iba adentrándome en un camino que sabía que no era el correcto, y él iba lento, no le importaba que yo la encontrara.

Llegamos a Catorce. Lo esperé desesperado. Sabía que estaba perdiendo el tiempo, que ya se la habían llevado o que ella había decidido irse sin mí. Sentía que me la habían quitado y al mismo tiempo abandonado.

Empecé a darme cuenta de la situación y entré en una espiral de consternación. Regresé al pueblo. La seguí buscando, pero ya había pasado mucho tiempo. Ya estarían lejos. No sabía qué hacer.

Una opción era caminar hacia el pueblo en la montaña que no conocía ni sabía la ruta, y no sabía si la encontraría. La otra era esperar a que regresara. No sé por qué sentí o creí que ella, en cuanto llegara al pueblo, recobraría el sentido y se iría a México. Entonces pensé que eso era lo que debía hacer: regresar.

Pero no tenía dinero, ni nada que vender, ni dónde dormir. Ahora yo empezaba a estar igual que ella: solo, sin saber qué hacer, desesperado.

Lo único que recordaba es que había un «güey de Querétaro» que me había tratado bien y pensé que él me podría ayudar. Era el único en quien podía pensar. Pasé la tarde con un dolor seco como el desierto en el pecho. Quería llorar, pero no podía hacerlo.

Se había ido.

Se la habían llevado.

Se habría perdido.

¿Por qué no quería estar conmigo?

¿Cómo fue que se fue?

¿Cómo fue que perdió el sentido?

¿Estará bien… estará bien…?

No sé cómo llegó la noche y, sentado afuera del hotel, alguien me habló. Le conté lo que me había pasado y que estaba esperando al «güey de Querétaro» para ver si me dejaba dormir en su cuarto.

Él me contestó que él era el güey de Querétaro y que sí podía dormir. Al otro día me pagó el ticket de regreso a cambio de que le ayudara a llevar un cargamento de mezcalina escondido en el cuerpo hasta Querétaro. Acepté.

El tren tardó lo acostumbrado: un día completo. No sé dónde dormí. Pedí aventón y llegué a México. Me bajé por el norte, por donde yo creía que era su casa. No tenía ni idea de dónde vivía. Marqué el teléfono y su mamá me dijo:

—Muchachito, vas a tener muchos problemas. ¿Cómo dejaste a mi hija?

Yo le pregunté si ya había regresado. Ella me dijo que alguien la encontró y que ya venía de regreso, que cómo me atrevía a dejarla. Le contesté que ella era la que se había ido. Unas palabras más y me colgó diciendo que jamás volviera a buscarla.

Helado.

En blanco.

Solo.

Sin habla.

Regresé a casa.

Muerto

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