La muerte es parte de la vida, el mayor temor, el final, la parte dolorosa del ciclo del placer, la meta de la senda del dolor. Que dure para siempre, que no se acabe nunca, que termine ahora. No soporto más. Por favor, pueden parar. Psicóticos pasamos de un estado a otro, desde la más pequeña espera hasta la más profunda enfermedad, desde una rica comida hasta el orgasmo cuyo final se anhela, pero el juego es lo que en realidad se desea, lo que más se disfruta. El único verdadero destino es el camino, pues todo final es un principio. Sin embargo, el dolor de la muerte está presente cada segundo, cada minuto, cada época, cada relación, cada ciclo, cada existencia y cada intento también de acceder a ella.
Dicen que la única verdadera adicción es el sufrimiento, que el dolor es inevitable, y es cierto: está circunscrito al círculo, está inserto en el proceso. Mis más profundos sufrimientos siempre han venido de la muerte. El contundente golpe del dolor es tanto que lo convertimos en millones de bocados de sufrimiento para entenderlo, para mascarlo, para procesarlo. Vamos y regresamos a esos momentos una y mil veces solo para hacernos entender que ya fue. Tal vez eso es lo que inspira mi necesidad de escritor: las muertes de mis vidas, de mis edades, de mis viajes, de mis relaciones, de mis intentos, de mis equipos, de mis amigos, de mis amores, de mis muertos. Pues cuando muere alguien muere también lo asociado a él. Recuerdo más de una vez saber que nunca más seré el Méndez que fui en la preparatoria, el Yayo que fui para mi Yayi, o el Barbol que fui para Misabel. Mueren nuestros nombres con el que fuimos también, y no solo el nombre, sino nuestra manera de ser.
El dolor es tan sordo, tan contundente, que se resume a una frase que no nos atrevemos nunca a repetir mil veces en la forma en que en realidad duele: pocos se mueren, todos se van. Las personas nos dejan, o nosotros las dejamos a ellas. La muerte es recíproca: a veces la damos y a veces nos llega. Siempre tendemos a jugar a verdugo y víctima porque es difícil aceptar la responsabilidad de la muerte.
Podría enumerar más de diez. La primera fue la muerte de la madre de mi padre, que me dolió de lejos. La segunda, el final de mi primera relación fugaz, la de mi primer largo beso en la adolescencia. Pero antes está el final de mi feliz niñez en el Happy Days y mi entrada al ejército del Instituto México. En uno era un niño querido por mis compañeras y mi maestra; poco después, el niño problema que no se callaba, no hacía caso, rodeado de niños aislados para que fueran hombres. Y ahí mismo, la muerte de mi niñez al entrar a la adolescencia. El último día de la preparatoria vi mi forma de ser y lloré porque sabía que no me iba a detener, que era un desastre, que era salvaje y que seguiría sufriendo por mi rebelde comportamiento, por no seguir la corriente, por no hacer caso, por no poner acentos. Creo que ese fue el nacimiento de mi conciencia existencial analítica.
La adolescencia fue una montaña rusa que, al poco tiempo, con tan solo diecinueve años, me enseñó los dientes con la muerte de mi ídolo, de mi amigo, Juan Carlos Levet. El líder llega primero a la muerte, dejándonos a mí y a mis amigos heridos y con un vacío en el proceso de crecimiento. Se suponía que creceríamos juntos. Cada que pienso en él pienso cuánto no vivió, y ahora, con un poco más de precisión y fundamentado en las innumerables veces que lo he visto en sueños, sé que él está en otra dimensión y ha crecido tanto que ya ni siquiera nos reconocemos.
Pero la muerte más fuerte que yo experimenté vino justo después de ascender al paraíso, con mi primer gran amor, con Mitzel. La historia en la que ella perdió la razón y yo la perdí; y, con ella, mi felicidad y parte de mi seguridad, de mi concepto de hombría, de la maldad humana que siempre tiendo a alejar de mi vida.
Tenía diecinueve años, Mitzel tenía veinte. Era año nuevo. Acabábamos de vivir la Navidad más hermosa de nuestra existencia hasta esa fecha. Habíamos estado dos semanas juntos por primera vez, conviviendo de tiempo completo, jugando a ser grandes: abrazados en la mañana, en la tarde, haciendo el amor por las noches, por la mañana y por las tardes. Jugando como solo se puede hacer en ese tiempo, sin ninguna preocupación real de lo que vendrá, pues creemos que cuanto deseamos lo vamos a lograr. La esperanza es tal que se cree que solo deseando las cosas se pueden lograr, y hay algo en ello de verdad. Aquella vez pensamos que al salir a la carretera volveríamos a vivir la maravilla que habíamos vivido durante la Navidad. Yo solo quería seguir andando justo donde me había quedado: viajando, probando drogas y viviendo en la carretera tal como lo había soñado con los libros de Kerouac. Él también lo vivió, todos lo vivimos. A él, al camino, siguió tristeza. Y justo eso fue lo que encontraría: la muerte de una vida.
Venía de la cima ese año nuevo. El más frío, el que más me ha calado hasta los huesos. Le dije a Mitzel que iríamos al desierto: ahí no necesitaríamos dinero. Mis amigos acababan de ir y me recordaron la magia del Wirikuta, de cómo las plantas sagradas te hacen flotar en una especie de nada angelical en la que eres superpoderoso y no necesitas nada. Justo lo había experimentado la segunda vez que fui, que pareciera coincidir con la muerte de Levet, o al menos ahí lo sentí renacer. Una de mis últimas imágenes de él es alimentando a la burra que nos seguía con una naranja, feliz de la simpleza de nuestra existencia. Otra imagen que me viene a la cabeza es en la que estoy quitando los pelos blancos a un hikuri y viendo cómo sacaba chispas con forma de estrella y yo comía de ellas. Una más: jugando con el Rolo a aventar un cuchillo en la blanca carpeta desértica y ver el arcoíris brillar en la hoja afilada. O sentir un orgasmo al atardecer montado en un árbol y fundirme con él. O ver crecer mi sombra por arriba de las montañas y sentirme un atlante que podía cruzarlas, que movía el desierto completo con mi danza que se sincronizaba con mi planeta original, Ruyex Júpiter, del cual había venido y al cual debía regresar. Esas eran las historias que en mi cabeza estaban antes de partir con mi mujer hacia allá.
Recuerdo que mi madre, justo antes de irme, encontró un cerro de marihuana que yo había comprado para el viaje. La puso en la mesa y me dijo: «¿Eso? ¿Y a dónde piensas ir con ello?». Le dije que al desierto, que no me lo podía impedir. Guardé el cerro en mi mochila y partí al otro día cuando ella se fue a la oficina.
Nunca sé cómo mi madre pudo ver, sentir, aceptar, procesar el ver a un hijo suyo casi desaparecer. Ese amor de madre que no está en mi experiencia ni en mi ser. Pero lo que sí está es ese arrojo de tomar la mochila y dejarlo todo. Y aquella vez no iba solo: iba con mi mujer, la primera que tuve, a su forma la única, inmaculada en mi memoria como una diosa, como un ángel que pronto se iba a caer.
Nos vimos en la terminal de camión y tomamos un autobús directo hasta el fondo del desierto, hasta un pueblo llamado Matehuala, el principio de la nada. Recuerdo que ella me decía que quería ir a la playa y yo le decía que después. Ella experimentó el mismo dolor en casa al partir: su madre no vio la marihuana, pero su hija, que nunca salía de casa, se rebeló y se fue con el novio. Los dos retábamos al destino y a todo lo que habíamos conocido.
Aquella noche, en medio de la oscuridad del desierto, nos recuerdo metidos en una pequeña caja. No había ningún edificio alrededor, no había nada más que nuestros cuerpos abrazados en la oscuridad, con algo de intranquilidad porque no pudimos llegar aquella vez al desierto. Un rayo de luz entraba por debajo de la puerta y parecía no desaparecer la noche entera. Era el único rayo de conciencia, y de él nacería el sol que nos llevaría al pueblo de Wadley, donde iniciaba nuestro camino al desierto.
Así como llegamos entramos. No pasamos ni una sola noche en el pueblo: compramos provisiones y nos metimos. Ella caminaba con su cara de apache. Día a día algo nos hacía a los dos más hippies: la ropa se iba descosiendo, nos íbamos llenando de más polvo, soportábamos un poco más las inclemencias del viaje. Aquella vez, un sol abrasador. Caminábamos con el sol a cuestas, en la cara, en los pómulos, en el rostro: estábamos incendiados por él.
El desierto de San Luis Potosí no es como uno imagina el Sahara: no hay dunas de arena. Hay una tierra seca, blanca, a veces amarilla, como muerta. No hay pasto. Es una corteza seca sin grandes árboles; solo un montón de matorrales que se llaman gobernadoras. El nombre les queda perfecto, pues en realidad parecen ser la única planta que sobrevive en este páramo, a excepción de los cactus de decenas de tipos y tamaños que crecen por todos lados, con sus espinas defendiéndose de los animales. Aquí todo cuida su existencia, su agua. Es como una selva callada donde el enemigo acecha desnudo, descarado, no se esconde, pues no hay dónde hacerlo. No hay sombra. Los árboles que se divisan a kilómetros suelen estar tan secos que solo al tocar sus ramas se quiebran. Me encantaba subir a ellos y con patadas podar sus ramas para la fogata. Los únicos árboles grandes vivos que hay son las yucas, una especie de palmera que hasta la cima tiene unas hojas puntiagudas verdes, como las de un agave, una especie de aloe vera. Todos tienen un palo alto y dos o tres brazos que los hacen parecer grandes huicholes, gigantes y señores de este espacio.
Así, en el camino, íbamos con nuestra inocencia de diecinueve años al desierto. Yo había ido dos veces; ella había probado solo una pequeña dosis de mezcalina en nuestra primera cita. Anduvimos hasta que la planta sagrada nos encontró a nosotros. El primero que recuerdo era un cactus pequeño azul verdoso de cinco gajos: parecía una rosa de los vientos guardando su sabio veneno o néctar, lo que sea según se entienda.
Muchas veces pienso que esta planta es lo que hace habitable al desierto, pues con ella se pueden caminar cientos de kilómetros sin probar agua o comida, además de que las alucinaciones y revelaciones ayudan a los peregrinos a entretenerse en el camino y darle sentido. Están ahí, a flor de piel. Su savia es amarga, su corteza azul arteria; por dentro irradia una verde fuerza que parece contener la energía creadora de la existencia. Justo está a flor de piso, en contacto con el corazón de la tierra que palpita y hace que todo crezca. No hay mal en él: es duro, es amargo, pero es sabio. Es el amor adulto. Esa vez estábamos a punto de recibir una de las lecciones más grandes de la vida, pero no lo sabíamos. Llegamos a él como un juego, con poco respeto, con poca ceremonia, como lo hacíamos los experimentales drogadictos en potencia que empezábamos a ser: fumando mota diario y metiéndonos cuanto nos llegaba a las manos. Coca, mota, LSD, opio, heroína, hongos, toloache y pastillas ya había en mi sistema. Ella apenas tenía unos veinte toques, un viaje de hongos y uno de opio.
Sin más ceremonia que nuestros rostros incendiados de sol nos llevamos la planta de poder a los labios. Esta entró en nuestro interior sin ningún dolor. No hubo vómito. Yo no sentí una gran alucinación, sino que únicamente sentía que había llegado a casa, que otra vez estaba donde quería estar en el viaje: simple y llanamente en el desierto, contento de poder volver a sentir la libertad de estar en medio de la nada, de sentir que no había nada adelante, ni a un lado, ni atrás; solo la más abierta inmensidad.
Ella sonreía de oreja a oreja, con el sol en los pómulos. Nos acariciamos el rostro como si fuéramos lo único en el universo. Y así lo éramos. Hasta que, de pronto, ella hizo una mueca, una extraña, una muy rara: una especie de súbito arrebato. Un espanto inmenso cruzó su mirada. Me miró como con desconocimiento, como con terror y a la vez con ignorancia, como si se preguntara: ¿qué me pasa?
No articulaba ninguna palabra. Yo le pregunté qué le pasaba y ella no contestó. Se me quedó mirando, me veía a los ojos como pidiéndome que le dijera qué le había pasado, como si en mí hubiera alguna respuesta. Yo solo sabía que cuando eso pasaba había que esperar y callar un rato. El viaje mismo sería develado. Por el momento apenas estábamos entrando.
0 comentarios