Alzad las velas, la dirección es la belleza
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por | 05/03/2026 - 3:29 AM | Sin categoría

El único que puede salvarnos del tormento que creamos con nuestra angustia somos nosotros. La tecnología y los otros extienden sus manos para hacer intercambio: ellos piden, nosotros damos; ellos dan, nosotros pedimos. Todo son trueques económicos o emocionales. Somos seres colectivos y, en el aislamiento, creemos que todo lo podemos. Y si mucho poder hacemos, lo que más esfuerzo requiere es justo eso: mover nuestra voluntad en la dirección deseada, porque incluso pedir ayuda es una acción que requiere que tengamos la moción, el entendimiento correcto y la fuerza necesaria para avanzar.

Al momento de emprender, la dirección es clara, pero los pasos son complicados porque nunca los hemos dado y porque para nosotros es nuevo cuanto hacemos. Nos enfrentamos a mundos desconocidos en los que lo que sabemos ayuda, pero el reconocimiento de nuestra ignorancia es la conciencia que debe prevalecer: entender que no lo sabemos hacer, que lo que hemos hecho puede servir, pero que en este momento de cambio acelerado no podemos tener seguridad. No sabemos lo que vendrá. Nunca lo hemos sabido, pero esto parece ser un horizonte distinto. Eso siempre se ha dicho.

¿Qué pasará cuando encontremos a esa superinteligencia? ¿Nos volveremos aún más dependientes de ella? Nuestra conciencia quedará relegada, nuestro conocimiento humillado. Lo que nos hace humanos ahora está en segundo plano. Pero la esperanza es que nos encontremos a nosotros mismos y, junto con nuestros hermanos, amigos, humanos, construyamos un mundo que no esté robotizado, un cerebro que no esté lobotomizado.

La felicidad es la meta que reconocemos de forma inequívoca y completa, porque sentirse bien es lo mejor que se puede hacer en este planeta. Y la forma inmediata de alcanzarla es a través de la solución de nuestras carencias, de nuestras necesidades físicas en primera instancia; después, de las afectivas, el cariño por sobre todas ellas. Y en la punta de la montaña —o del iceberg— está el sentido, la realización. La revolución es quitarse las cadenas, volar en libertad, dejar incluso la gravedad, y hasta allá solo el arte puede llegar.

Lo que estoy buscando realizar no es un negocio. Lo que siempre he querido es lo mismo que quieren todos: hacer lo que me gusta, darle sentido a mi vida, ser querido y reducir la angustia. Mi alma —el arte— es lo que disfruta. Y todo mi conocimiento y mi carrera, que tienen que ver con negocios, han sido solo por el simple deseo de vivir de crear. Al principio pensé que solo era de escribir, y lo es, pues este instrumento es el que tengo como centro. Pero las artes son líquidas, porque la emoción que está detrás de ellas es lo que las dignifica, lo que las hace universales, lo que hace que podamos reconocernos, lo que hace que podamos vernos a través del espejo.

Eso es lo que todos buscamos en silencio o a gritos, con actividades o buscando frenéticamente reconocimiento o dinero. La meta es ser queridos, y no solo porque el amor sea lindo, sino porque es lo que nos hace individuos. Es el alimento de este pitecántropo que, una vez que ha solucionado la casa, la comida y el sustento, busca amor. Incluso antes de eso. Puede comer lo que sea; igualmente puede ser amado por quien sea. Solo necesita que haya alguien del otro lado del lienzo, del micrófono, del sonido, de la letra, que le diga que lo entiende y que sufre con él, que también siente.

Necesitamos tener compañeros en esta guerra, en este camino sin forma, en esta lucha por la supervivencia.

Así me encuentro perdido frente al lienzo en blanco, frente a la hoja, frente al código, sabiendo a dónde quiero llegar pero sin lograr darle forma completa. Sé que necesito ayuda y, conforme más me adentro, sé que necesito más de ella. Me doy cuenta de que necesito un equipo: un programador para iniciar y también quien me ayude con las cuentas y con lo fiscal. Pensé una vez más que con la tecnología podía hacer lo que sea. Es nuestra trágica condena: buscamos que la máquina nos resuelva la existencia, y hemos avanzado en la tarea tanto que ya nos ayuda en cada una de nuestras tareas.

Pero la más grande, la de la esencia, no está a su alcance, porque no es un problema: es un misterio. Y se resuelve de forma individual, a nivel emocional. Es más: no se resuelve. No tiene solución porque es un hambre mayor que necesita ser saciada, a veces a diario, a veces varias veces a lo largo del día, otras con unas pocas veces en unos años.

En el fondo, lo que necesitamos es conexión con ese ser mayor, esa colectividad que nosotros formamos, que es más que nosotros y de la cual el toque, el baile, el cante, la letra y el pincel —el arte— son manifestación. Esa entidad indescifrable, alucinante, interminable; esa necesidad cuántica de ubicuidad, de eternidad, de ver lo que hay más allá del infinito y del mar.

Estoy parado frente al mar, con los pies en la arena, la mente en el cielo, y el viento del levante anuncia que es momento de elevar velas, que construya mi velero para irme más dentro. No hay mapa, no hay camino, no hay nada más que el sol como objetivo. Necesito amigos para construir la barca. Seguro necesitaré una tripulación.

No me queda nada más que seguir, porque no tengo otra razón de existir. Lo que yo me estoy jugando aquí es mi trascendencia, y no está en la victoria ni en la derrota, sino en la lucha diaria por lograr que mi existencia sea más bella. Y para ello tengo que dar lo que quiero recibir, tengo que hacer llegar a más lo hermoso que empiezo a descubrir: el atardecer, la naturaleza, la música, la tradición, todas estas muestras de amor y belleza que se conjugan de forma diversa a lo largo no solo de Málaga sino de todo el planeta, porque esto es solo un botón, una pequeña muestra, una pizca de eternidad y certeza

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