Hay un momento en la vida de todo niño en que se da cuenta de que nunca estará solo. Ese día me llegó a mí un día cualquiera.
Yo pensé que quien estaría junto a mí toda la vida sería mi mamá, pero no fue así. Un día, mientras caminaba en el patio de la escuela, vi que venía alguien tras de mí. Al principio sentí que era mi mamá, mi papá o mi hermana, pero no: no era ninguno de ellos. Era alguien que se movía idéntico a mí, aunque a veces se hacía más grande, otras más pequeña.
No tenía idea de quién fuera, pero la sentía siempre cerca; estaba siempre ahí. Empecé a correr para dejarla atrás, pero ella corría a la misma velocidad. Hasta que, de repente, me metí al salón y vi que se perdía en la oscuridad. Salía al sol y ahí estaba otra vez; regresaba y desaparecía.
No entendía por qué me seguía. Empecé a gritarle para espantarla, pero no servía. Levanté los brazos y ella los levantó más grande. De repente salté y se despegó de mí, pero se hizo gigante. Me dio miedo y me metí en la sombra.
La maestra se me acercó, extrañada, y me preguntó si estaba bien.
—Me están siguiendo —le contesté.
Ella levantó la vista y me dijo:
—¿Quién?
Yo le señalé al suelo y le dije:
—Eso.
Ella se rió y me dijo:
—Es tu sombra.
Le pregunté por qué me seguía. Ella me contestó que porque me quería, que ella se encargaría de cuidarme de por vida.
Entonces me acerqué a la sombra y le mostré que desaparecía. Ella me dijo que estaba ahora conmigo, dentro de mí, cuidándome como mi mejor amigo. Le dije que yo no la necesitaba, y ella me contestó que todavía no lo comprendía, pero que con el tiempo aprendería a quererla; que a veces ella me demostraría que todas las cosas son blancas y negras, que a veces son malas y otras buenas, pero que si yo cuidaba de mi sombra, ella cuidaría de mí; que era un pacto que se tenía al existir.
Ella se puso frente a su sombra y le dijo:
—¿Verdad, querida, que estamos juntas de por vida?
Y de repente una voz distinta —que hizo ella misma— le contestó:
—Claro que sí, querida.
Me dijo que se parecía a la silueta que veía en el espejo, que era como yo pero a la vez un reflejo. Yo no entendí nada de lo que decía; más bien, no le creía.
Ella me dijo que tal vez más tarde lo entendería y que, con el tiempo, me acostumbraría a vivir con ella. Yo la vi incrédulo y la sombra me vio a mí también sin creerlo. Entonces le pregunté si estaría conmigo toda la vida.
Ella no contestó, pero todavía me mira.
Sigo andando con ella y entro a un lugar con dos luces eléctricas. Entonces veo que no es una, sino dos las personas que me admiran. Les pregunto por qué me ven, por qué me siguen, y ellas parecen preguntarse lo mismo.
Ahí me doy cuenta también de que siempre tengo esto dentro de mí que me inquieta, que siempre me estoy preguntando qué es, por qué, de dónde viene cuanto me rodea. Me doy cuenta de que estas preguntas, al igual que mi sombra, están siempre. Y conforme avanzo se multiplican: ya no es solo una ni dos, sino una multitud.
Sigo avanzando y me doy cuenta de que cada luz trae su sombra, que por más que aparece otra cosa no ignoro que mi sombra se multiplica, que deja de ser en un momento pero luego vuelve a aparecer. Sobre todo cuando estoy de su lado: en la sombra o en la oscuridad es cuando no está.
¿Será que está dentro de mí? ¿O será que ella me deja cuando me acerco al lado oscuro? Me recuerda que es mi lugar habitual, y si salgo su presencia me recuerda que debo regresar a ella.
Me doy cuenta de que en mi cama no está; no puede estar acostada. Siempre me sigue cuando estoy alerta.
¿Será que esta oscuridad es una guardiana? ¿Será que ella es mi verdadera madre y no la luz? ¿Que venimos de la oscuridad y a ella vamos a llegar?
Por más que ando y camino, ella está conmigo, a excepción de cuando estoy sin sol, sin luz, sin iluminación.
¿Soy yo quien la dirige o soy su prisionero? No entiendo si esto es un juego o si es en serio. Nunca he entendido esto en la vida, en la escuela, en la convivencia con los seres que me rodean. No entiendo dónde las cosas inician o terminan; no entiendo la lógica de la luz ni de la sombra.
Y creo que la única forma de existir es dejar de pensar que ella es distinta a mí, que ella es otro, que ella es mi reflejo o que yo lo soy de ella. Sé que me acompañará toda la vida, como este cuestionamiento.
Solo sigo, a través de ella y del espejo, viendo cómo va cambiando de forma: haciéndose larga, pequeña, desapareciendo; lo mismo mi rostro, que va mutando con los años en el espejo. No entiendo el proceso. Solo es.
No lo entiendo, lo acepto. Eso es lo único que necesito: aceptar que la sombra y la luz son parte de mí, lo mismo que la pregunta y la solución, el juego y lo serio, la ilusión y la realidad.
La única verdad es la ambivalencia.
Somos uno que se proyecta en dos, en tres o en diez sombras.
Somos uno con todas.
0 comentarios