Yo lo sabía bien, lo escribí hace años en la Oda a la tristeza de estar bien: «Nada puede ser tocado sin ser encendido, ábrense uno dentro de otro los oídos». Ese es uno más de los poderes que la escritura tiene: volcarse de lleno en un lienzo virgen, un veneno de posibilidades, un crisol de oportunidades, debilidades y sensibilidades. Nada se crea desde la felicidad; esta solo se recrea a través de la nostalgia, se le extraña.
Los complejos procesos a los que me enfrento, elegidos solo por mí de forma consciente o inconsciente, mueven de forma trascendente mi mente, paciente, silente frente a la pantalla. Lo único que me crea contacto con lo demás es la ventana desde la que veo el mar y el teclado que conduce toda esta energía por mis manos hacia el infinito, hacia un lugar sagrado, hacia un bardo de conexión con lo exterior, contigo, conmigo, donde dejamos de ser dos, donde somos uno sin razón, con solo sentimiento y sus venenos que recorren mis ventrículos y neuronas en bits eléctricos.
Porque desde que nací vino conmigo el cáncer eléctrico, electrónico, digital y ahora artificial. Esta mezcla de épocas es la que mueve, revienta, silencia, grita, calla y se expresa en versos, gritos, novelas y poemas.
La hoja en blanco es una encrucijada; dependiendo del tiempo hacia el que vamos será el elixir o el veneno que traguemos. Siempre estoy en el vértice donde puedo elegir hacia dónde ir. Soy dueño del tiempo: aquí puedo ir atrás, adelante, ser otro ser; pero cada proceso tiene escondido su elixir, su veneno.
Hay momentos en los que quiero o recuerdo la infancia y sé que al final me llenaré de nostalgia; entonces una melancolía extraña inundará mi ser, mi día, mi realidad o el tiempo en el que me meta dentro de ese sentimiento. «Ayer fue mejor que ahora», parece gritar el escribir de aquel momento donde parecía todo bueno, como la niñez. Pero si son batallas pasadas —como la adolescencia o el largo proceso decadente de la drogadicción y la resurrección— se crea una mezcla de verdad con dolencias, con descubrimientos, sensaciones empíreas, conexiones con otro universo; pero del lado inverso el asqueroso sentimiento de humillación de la abstinencia, donde uno se vuelve presa de la necesidad de una sustancia, de la precaria condición salvaje de la sed del alcohol o del frío tembloroso que deja la jeringa cuando se seca, la cuchara en la mesa, las convulsiones a ojos abiertos: ángel que arde en el infierno.
Escribir recuerdos es pasar por esos sentimientos, pero no se reviven. La letra no es tan poderosa para crear eso. Lo que completa las historias es el deseo, la experiencia personal y el conocimiento. Lo mágico de leer es que ejercitamos nuestra libertad desde cualquier rincón del universo: decidimos no estar, decidimos en qué pensar, decidimos irnos de aquí, no con el impulso de la coca, pero sí con la voluntad y, de forma más grácil, subir y descender del avión.
Tengo diez vidas atrás que siento que debo contar y el miedo constante de perder la que tengo en el presente por estar sumergido no solo en el proceso del recuerdo, sino en el de transmisión y en la maldita perfección de corregir, editar, entrar en un loop donde la mente dice: no, sí, no, sí, no está bien, sí lo está, perdiste, ganaste; todo en tu mente, todo en tu mente. Es mirarse en el espejo, romperlo y después desangrarse con los fragmentos creando formas con la sangre, descubriendo símbolos, creando y cerrando ciclos en un infinito exhaustivo, cautivo de su propio pensamiento.
Y ese es el proceso de creación al que está condenado el creador; pero todo es una elección. A mi parecer, la mejor forma actual de mi ser es solo dejarme ir, como en una obra de jazz, suspendiéndome por momentos en esa libertad y encontrar hallazgos como los que a uno le llegan mientras va andando: esa combinación aleatoria de luz, de movimiento, de los componentes de la naturaleza en combinación con las obras humanas; el proceso de exploración, de indagación en la colección de la imaginación que no es único de un solo individuo, sino colectivo. Somos nosotros al mismo tiempo.
Tengo miedo a la seca que deja el ir para atrás en esa realidad. Sé que debo, sé que quiero escribir de mi infancia, de mi adolescencia, de la drogadicción y la rehabilitación, de mis viajes por México manejando en mi auto y con el dedo, de mi adicción al trabajo, de mi última relación, del proceso de separación desde esta nueva reconstrucción; pero cuando voy hacia atrás siento que la esperanza se diluye. Es como poner atención en lo que fue y no en lo que es, en vivir de otro momento.
¿Será que debo conformarme con lo que escribí ya en su momento y esforzarme mejor en seguir creando una nueva existencia digna de estar narrando? Al parecer es mejor opción. Lo mismo que la investigación: ¿para qué revisar tanta teoría si puedo crear la mía?, ¿para qué leer del mundo sin poder ir a él? Quiero renacer, pienso, y la disposición es el elemento de la acción, la voluntad. La conclusión de la reflexión debe ser el acto. Eso es el aprendizaje: un cambio en la conducta, y desde ella actuar en consecuencia, moverse hacia donde la conclusión nos orienta, buscar el rayo e ir hacia la tormenta, o el espejismo y llegar al sol.
Descubrir el arcoíris en el que no hay una sola versión ni un solo color, sino una colección, una gama que va en dirección hacia adelante y que promete ser un arco: va a tener subida, bajada, pero no se sabe nunca dónde va a acabar. Se sabe que al final hay un tesoro, y siempre lo hay. ¿Qué más podemos pedir que un buen camino, que un buen proceso, pasar un buen tiempo, irnos de nosotros hacia el cielo, fundirnos sin dolor con el sol, irradiar como él su luz?
Esa es la iluminación: tragarse el sol y proyectar desde lo más profundo de nosotros lo que somos, lo que podemos ser si nos aventuramos a buscar, a confiar, a crecer, a ascender.
0 comentarios