El vacío y las siete flechas: las lágrimas de mi padre y mi primer poema
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por | 26/02/2026 - 2:20 AM | Sin categoría

La oscuridad parece, a veces, una versión más correcta de la realidad. No sabemos el destino, no sabemos a dónde vamos; la ignorancia de lo que viene es mucho más grande que la certeza del presente. Nos ponemos objetivos, decidimos nuestros pasos, pero el designio y el lugar al que decidimos ir nunca es exactamente al que vamos. Ponemos dirección, decimos lo que queremos, lo vamos eligiendo, pero al final nunca es como pensamos y, en cuanto llegamos, decidimos que deseamos otra cosa distinta a la que queríamos o quisimos, y deseamos una nueva. Es una búsqueda frenética de alicientes, de deseos permanentes, recurrentes; un estado de ansiedad que no se puede apagar y cuyo único aliciente, al parecer, es este canto de dolor por mantener, esta emoción por el entendimiento, estas ganas de ver algo que sea bello y de hacer hermoso el silencio, de crear con la luz algo, de alumbrar aquello que nos es velado, de darle sentido a nuestros pasos.

Le temo al vacío porque estoy tan sumergido en él que no atino a encontrar su verdadero sentido, y sé que se lo deseo dar yo mismo y que no lograría dejar de meterme en este diálogo interno que no tiene final. Pero no puedo. Mi ruta de exorcismo es iluminar aquello que no es visto, decir lo no dicho, nombrar el miedo; esto es tomar lo que soy, lo que sé, y componerme, tomar los pedazos de lo que he sido y volver a crear una nueva versión de mí mismo. Ese es el mito de Dionisio: recoger los fragmentos de la memoria para crear una nueva persona y entonces, en esa búsqueda, encontrar que ha valido la pena la existencia. Pero lo grande no es la moraleja, sino la historia; no la lección, sino el proceso. Y creo que, reviviéndolo, me enfrenté a dos demonios: si fue mejor el pasado, si estoy perdiendo ahora el tiempo o, en cambio, plantando la semilla de un deseo nuevo. Es tomar inspiración y conocimiento de lo que fui para tener mejor dirección hacia lo que estoy siendo y seré; aprender, dar dirección.

Recuerdo una historia.

La primera vez que recuerdo que este sentimiento me inundó el cuerpo tenía seis o siete años; seguro eran nueve o diez, pues ya escribir era una parte de mí, una posibilidad. Ya me habían enseñado en la escuela y lo habíamos hecho sin darme cuenta: me enseñaron a poner en letra mis pensamientos, a nombrar las cosas, a comunicar aquello que necesitaba, lo que me dolía. Y aquella vez el dolor que sentí fue el dolor ajeno, el dolor de ver a mi padre llorando, viendo el infinito vacío. No fue la única vez que lo hacía; lo hacía todas las mañanas mientras desayunaba. Había un momento en que dejaba la prisa de irse y, mientras tomaba café, se quedaba viendo, atónito, el infinito. Yo le preguntaba o quería preguntarle qué era lo que veía, pero no quería preguntarle porque sabía que no me lo diría; sé que no lo sabía. Solo tenía que hacerlo, solo lo hacía, como centrar su pensamiento al máximo, encontrar la calma antes de irse al trabajo.

Sin embargo, ese día fue distinto. Ese día no llegó siquiera al desayuno. No sé cómo despertó aquel día; solo recuerdo que me alisté para salir a la escuela y mi padre tenía esa mirada puesta en el infinito, su pelo lacio, su bigote negro, sus ojos también oscuros apuntando hacia algo muy lejos, lo más lejos que podía, a su origen, y no al que habíamos sido en lo físico, sino al emocional. Se había muerto la mujer que cuidó de él cuando era pequeño, que no era su madre, sino la esposa de un hermano de su madre, su tío, y ella su madrastra, la que al parecer lo había sacado adelante, la que había funcionado como madre cuando la suya no quiso o no pudo hacerlo. Esa mañana Gabi había perdido el origen emocional. Era joven, pero yo ya lo veía grande; habría tenido no más de cuarenta años, treinta y tantos, y ya me tenía a mí y a mi hermana. Ya cargaba con esa responsabilidad con la cual yo y el destino hemos decidido no tomar ese camino.

Creo que eso es lo que vuelve más fuerte este deseo o esta lucha existencial: el no tener la dirección que te da una criatura y te dice: «El mundo es para allá, vamos, papá, llévame, dame, tengo hambre, tengo este problema, soy carne de tu carne, solucióname esto, te necesito». Ese amor incondicional que surge de arriba hacia abajo, de progenitor a creado, ese vínculo de transición de lo humano: esa es mi carencia, ese es el salto que no di y ahora siento el dolor del proceso, mi crisis del último óvulo, aunque en realidad no la tenga. Pero siento que soy demasiado grande para empezar la historia de la procreación; siento que no tengo tiempo, ni quiero ni deseo hacerlo, pero siento el vacío de mi decisión y el peso, un dolor inverso al de mi padre. Ahora yo lo miro fijamente desde el otro lado y busco el consuelo, no en el dolor que estaba sintiendo él, sino en el acto seguido: el ver a mi figura paterna debilitada, verla cruzada por el dolor. Creo que fue verla humana y sentir el amor que sentía por él, el querer remediar el dolor que sentía por lo que él sentía, porque el dolor se transmite de una a otra. Lo damos, lo provocamos; es una semilla que plantamos, un regalo que ofrecemos a quienes nos rodean.

Así fue como escribí mi primer poema. No sé cómo salí de la casa viendo sus lágrimas y el silencio después de que me dio la noticia. Fue el tormento, no su muerte, no el hecho, sino la mirada de tristeza infinita, de dolor inenarrable de mi padre. La trascendencia y el dolor, mezcladas como una fuente de energía, llegaron a mi vida. Creo que alguien podría haber dicho que fue una maldición; otros quizá dirán que fue el momento en que, como Buda, sentí por primera vez el dolor de la finitud de la carne, el saber que la vida iba a terminar, que ese dolor que él estaba viviendo lo atravesaría yo, tal como lo ha atravesado él, como lo estaba atravesando. Tenía la misma profundidad de infinito que cuando se quedaba viendo el café, pero ahora estaba teñido de oscuridad y no de la luz y certeza que había en las mañanas por el día que empieza. Aquella vez había la nada, el vacío existencial, el perder el vínculo con el origen, el saber que no hay nada más.

Extrañamente, el día de mi boda en la iglesia, cuando mi padre vio a mi madre después de casi veinte años, lo primero que le dijo fue que se había muerto su madre. Él estaba atravesado por ese dolor y creo que, por ese dolor de no haber tenido familia o de no haber vivido con ella y sus doce hermanos, fue que decidió tener una gran familia, anacrónico para sus días. Vivió dos veces el proceso que yo no he vivido: primero conmigo y con mi hermano y, cuando nos hicimos grandes y se separó de mi madre, buscó otra vez volver a casarse y fundar otra familia. Así creó y sostuvo a cuatro, dos al inicio y después volvió a empezar. Ahora ya no hay vestigios de ese dolor en su rostro; siento alivio, porque remedió no sé si ese dolor, sino todos. Se le ve satisfecho de lo que ha hecho y puedo yo sentir también lo mismo de lo que he hecho hasta ese momento.

Sin embargo, allá atrás está la herida original, a la que regreso una y otra vez, más no a esa mirada, sino al vacío de después, a ese sentir de fugacidad, a esa certeza de que la vida es finita, de que se iba a acabar. Pero lo que me marcó no fue ese dolor, sino lo que pasó después. Cuando llegué al camión, me senté en el último lugar, hasta atrás, no sé por qué; quería aislarme para procesar lo que habíamos pasado. Lo hacía de forma inconsciente, sin darme cuenta. Me aislé, me fui hasta atrás, me fui hasta mí, y entonces comencé a escribir. Fue en una libreta que se parecía mucho a la agenda de mi padre, donde el dos de mayo había apuntado que yo había nacido. En una libreta similar empecé a escribir y a ver, a sentir que una flecha larga me atravesaba el corazón y sentía el dolor. Y sabía que había más, sabía que eran siete flechas, o ese número que recordaba, y eran como un designio por las muertes de las vidas que crearía para después terminar, de los que he sido y seré, que no han sido siete sino más, pues no me canso de resucitarme, no me canso de volver a empezar porque no puedo dejarlo de hacer.

No puedo acostumbrarme a recibir tantas dosis de dolor o tan fuertes que necesito hacer cambios para poder sostenerme, y de eso es de lo que siento que debo escribir: de lo que me ha costado llegar hasta aquí. Este es mi intento por adentrarme en ese proceso que mi padre inició al verme y ver el infinito, por seguir ese juego en el que yo pude remediar a través de la letra el dolor que sentía en aquel momento: el proceso de exorcismo, de purificación, de conversión, de entendimiento. Tengo miedo de revivirlo, pero siempre atrás del miedo está el valor verdadero. Será difícil el camino, no sé cómo vaya a ir; me he lanzado a ese juego desde muchos ángulos y cada vez sale uno distinto, pero siempre que no sea el final.

A veces siento que debí empezar desde atrás, desde que era pequeño, desde el inicio de los tiempos; otras veces que debo contarte lo que estoy viviendo o cómo fue que llegué hasta aquí, los cinco mil kilómetros que tuve que torcer, los cincuenta países, el quiebre de la empresa, el dejar las drogas, el entrar en ellas, el cruzar la adolescencia, el haber sido un hombre de bien y también del mal, el haber lamido la luz y la oscuridad, lo mismo que de alguna forma habrás vivido tú también. Tal vez sea para juntos recorrer y decidir mejor lo que vendrá después o simplemente para pasar un mejor rato en el presente, o para compartir lo que yo aprendí, o para entender lo que viví, o para aprender yo algo de lo que he sufrido y vivido y de cómo he llegado hasta aquí. No lo sé. Solo sé que lo tengo que hacer, que esto es lo que me da sentido, que esto es lo que me da alivio. Lo hago por mí, lo hago para ti, lo hago porque sé que somos lo mismo y tal vez, entre los dos, tú al escucharlo y yo al decirlo, podemos encontrar alivio.

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