Un campo de cañas extiende sus altas ramas verdes al cielo, un follaje salvaje que demuestra la fuerza de la naturaleza; un campo de girasoles que al sol voltean. Las imágenes reales y las ilusorias se mezclan de forma icónica, simbólica, armónica. Yo estoy del otro lado de una ventana sin vidrio; veo la escena a través del esqueleto oxidado del edificio. Me contemplo a mí mismo y, dentro de mi cabeza, veo cómo se empiezan a hilvanar los versos de un poema que siempre quise escribir, de mi constante encuentro con la belleza, que alberga tanta potencia que va y regresa a mi memoria, y esta busca de mil formas transmitirlo, reproducirlo, hacérselo llegar a más, decirlo una y otra vez como una canción mítica, rítmica, universal y sencilla. Veo el campo de cañas mecido por el viento, alzándose salvaje al cielo; los girasoles me miran como una orquesta de soles que mis memorias inspiran, como un símbolo perpetuo de mi necesidad de captar lo bello a través de mis versos, que compongo al margen del esqueleto oxidado del marco de una ventana. El edificio en el que vivía se llamaba La Papelera y ahí conocí la libertad de la naturaleza, la apacible tranquilidad de la vida sencilla en contraste con la frenética carrera de la ciudad más grande del mundo en aquella época.
Tenía siete, ocho o nueve años; estaba en la primaria, en primero, segundo o tercero. Conocía ese lugar desde antes, pero apenas por aquella época se articulaba mi conciencia. Creo que se debía a que empezaba a poder escribir, a abstraer del mundo imágenes y a poder representarlas con palabras; mi cerebro estaba conformando el instrumento para poder construir recuerdos, mis neuronas a articular oraciones que podían sonar melódicas y dotarse de una esencia simbólica, que en ese momento no sabía nada de lo que eso era, pero sentía, sentía, sentía. Se creaban en mí éxtasis y heridas por imágenes y situaciones que vivía; la poesía me hacía guardar de alguna forma la imagen. Mi memoria se alimenta principalmente de experiencias, como la de aquella ventana oxidada por donde veía el sol despertar en la mañana. Yo caminaba rumbo al pueblo; la ventana estaba justo al inicio de la escalera del edificio al que llamábamos La Papelera, donde vivían mi abuelo y mi abuela. Era un edificio al pie de la carretera, no había ninguno junto a él, estaba a una hora del pueblo. Tenía los techos muy altos, como de cuatro o cinco metros, porque se supondría que albergaría máquinas para crear papel: el papel donde yo empezaría a escribir mis poesías. Pero nunca se construyó la papelera; el proyecto quedó abandonado, seguramente por falta de dinero, por alguien que quiso abarcar más de lo que podía hacer, por algún iluso como yo, que creía que podría crear cualquier cosa en el mundo como Dios, con su entusiasmo y su palabra. Y es verdad, pero nunca se crea ni suceden las cosas como se piensan. Aquello no fue una papelera; fue un edificio en el que un centenar de familias crecieron y se formaron. En cada una de las casas había una pareja, un hombre y una mujer y sus crías. Era lo normal: el núcleo familiar era la única configuración posible. Nacer, crecer, formar una familia, reproducirse como lo hacen las plantas, los animales, como lo hace todo aquello que está dotado de vida, que cual virus intenta reproducirse por cualquier vía, trascender. Incluso creo que esto mismo invoca mi verso: el afán de crear algo fuera de mí.
Años más tarde, el primer poema largo que escribí fue sobre una mariposa. Con las letras creé un capullo, con mi aliento doté de vida a la crisálida; su corazón batió las alas y se fue de mí, pero cual ave migratoria siempre regresa de alguna forma a mi memoria, como aquella ventana oxidada que enmarcaba el primer paisaje que simulaba un campo de Van Gogh. La nostalgia va dando claroscuros a las escenas, que lo llenan de profundidad y contrastes. Así se va componiendo el recuerdo de mi infancia en La Papelera; que al final eso quedará de mí: solo un montón de hojas de papel o letras muertas en la hoja infinita de una pantalla, formadas en mi cabeza por un cursor que tintinea y una necesidad infinita de sentido, de recordar lo que he visto, anhelado y querido.
El amor es el designio, la fuerza original que une estas imágenes: el amor a la belleza, a la naturaleza, a la letra y a las personas; al origen físico de mí mismo, a mis abuelos que dieron luz a mi madre en aquel pueblo llamado Carlos A. Carrillo, a orillas del río Papaloapan, en el trópico, en la selva, en un pueblo lleno de sembradíos de caña, de mosquitos, de gigantes cucarachas, de libertad, de niños, de ranas, de una libertad ilimitada, de un edificio a pie de carretera apuntando al infinito a derecha e izquierda. Ahí, en medio de la nada, estaban mi abuelo René y mi abuela Benita, los que dieron a luz a mi mamá Conchita en ese mismo pueblo unos treinta años antes de que yo estuviera ante ese espejo oxidado de una naturaleza viva que parecía gritar versos mecida por el viento, que parecía frisar a través de sus hojas, que ahogaba el sol al amanecer de los girasoles que pinto en mi memoria. Ese cuadro me veía ir y venir, frente al patio en el que aprendí a jugar con el trompo, con esa pieza en forma de pera que tenía la punta de un clavo y que había que manipular con una cuerda, aventarlo con una mano en un vaivén de forma que la inercia de la vuelta por la que se desenrollaba le diera fuerza para girar sobre su propio eje como el planeta. La vibración energética lo hacía repiquetear en el suelo de azulejos blancos y rojos. Iba como un satélite fuera de órbita creando su propia trayectoria.
Ese juguete inofensivo una Navidad se fue solo hacia los transformadores de luz, causando un cortocircuito que dejó sin luz al edificio. Solo lo sabíamos yo y el trompo. En cuanto vi las chispas salir de los registros de la luz eléctrica decidí correr a guarecerme en casa de mi abuela. Al entrar, me preguntó si sabía por qué se había ido la luz. Yo hice que no escuché, me subí a la hamaca y quise refugiarme en ella mientras la hecatombe sucediera. En mi cabeza había destruido la instalación eléctrica: recuerdo las chispas salir de los cables, recuerdo un tronido y después el silencio que produce que, a un mismo tiempo, todos los radios, las licuadoras, los instrumentos eléctricos se apagaran y cedieran paso a las voces de los habitantes preguntándose qué había pasado. Luego sonidos de chanclas, de hombres y mujeres que van, que suben y bajan. Yo, en la hamaca, sabía que vendrían a por mí, pues el trompo me delataría. Pero no fue así: vino el técnico, arregló el desperfecto y creo que esa fue la última vez que vi ese trompo de madera.
Al igual que aquella luz a través de la ventana, tuve más trompos; esa ventana la vi una y otra vez cada mañana, pues durante las vacaciones de invierno y de verano mi madre me mandaba a La Papelera a estar con mis abuelos. Así descansaba de mí y ellos contentos. Ellos fueron mis segundos padres, a veces los primeros. Cuando nací, me llevaron con ellos para que cuidaran de mí, pues en aquel tiempo mi madre y mi padre tenían que trabajar a tiempo completo para poder sacar adelante a este ser nuevo que fui a sus veintitantos años; a este grito que no cesa desde aquella época de crear recuerdos e historias como las de aquella ventana, de aquel patio, de aquella Papelera donde no solo conocí el juego, sino también el amor y el sexo, pues en la esquina del piso en el que vivíamos había dos niñas: Diana y Soraya. Una, la grande, era morena; tenía un pelo largo, inmenso, gigante que le llegaba a las nalgas. Recuerdo que me encantaba ir a su casa y verla salir del baño en toalla, su cuerpo desnudo al que yo no sabía qué hacer, pero me gustaba ver y a ella que la viera, pues jugaba siempre conmigo y se paseaba en toalla frente a mí cuando sus padres no estaban.
Otra vez, en aquel patio, nos enseñaron un juego que consistía en bajarle los calzones los niños a las niñas. No sé de dónde salió el juego y estoy seguro de que no lo inventé, pero sí recuerdo correr tras ella una y otra vez, después atraparla y quedar cerca, siempre muy cerca de un beso. El coqueteo era nuestro juego. La recuerdo hermosa como una diosa y todo con ella era juego. Me llevaba a caminar cerca del río, me llevaba a la ciudad, me enseñaba diversos caminos para llegar al mismo lugar, me hablaba de las ranas, de la caña, de las fiestas, de su madre y de su hermana Soraya, la que la veía con celos, que no era tan bella como ella, pero que con el pasar del tiempo lo acabaría siendo. Lo fui presenciando los años que crecí en aquel campo, regresando cada vacación, creciendo junto con ellos, con todos los niños del pueblo, con mis primos y mi hermana. A todos nos mandaban a La Papelera a pasar las vacaciones con mi abuelo y mi abuela. Pero yo no me conformaba con estar en casa o solo con ellos: siempre he querido conocer lo que me rodea. Así fui haciéndome amigo de las vecinas, también de los vecinos, de un grupo de niños que jugaban futbol en la parte de atrás en una bodega que se conocía como La Galera, de ese grupo que en diciembre tomaba una rama, le colgaba esferas e iba de casa en casa cantando: «Naranjas y limas, limas y limones, la virgen más linda que todas las flores».
De aquella infancia que se vuelve con el tiempo mágica, con la distancia que hace que añoremos aquellas simples cosas como una ventana, un campo de caña, un amanecer, una ventana oxidada, un trompo de madera, una niña morena de pelo largo, el cariño de mis abuelos y el momento en que aparecieron en mí los primeros versos de un poema al ver a través de una ventana oxidada desde La Papelera, un edificio en medio de la carretera, en el que se fue forjando mi relación con la vida tranquila y la naturaleza.
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